sábado, 10 de abril de 2010

El inocente pecado


Al recorrer los injertos en la superficie viva de su ser, quise declarar mi insuficiencia de pecados y mis nunca cometidos desacatos. La inocencia peligrosa y deliciosa se lleva a la par de los deseos más recónditos, porque señores hay que decirlo, se llevan a veces tan a flor de piel que tratar de ocultarlos es casi un esfuerzo sobrehumano. Esa delicada belleza que se lleva en los labios, en las palabras y en los gestos que retratada en el rostro del espejo, es parecida a una fina y clara sombra que se desgarra ante los ojos y la mirada del impaciente observador.
Y a esta hora la copa de vino se me ha subido a la cabeza y mis labios se tiñen de un rojo aterciopelado, mis mejillas de un rosa arrendado y mis ojos de un río vertiginoso que se entrecruza con tu rostro. El equilibrio se quiebra y la fractura expuesta se observa a tientas.
Mi desobediencia se vuelve tu emblema, que quema a fuego lento tus venas y enriquece tus aires de poder y tu cena. Y aunque no llegues a tocarme, tus manos ya han tentado a mi piel con sus atentos ademanes.

Hoy he declarado ante la audiencia, sin reclamar clemencia, sin locuras ni demencias que es cierta mi inocencia.

Aunque alguna vez haya sido la manzana del pecado ante los ojos de un joven juez, aficionado a una mala religión.


Véronique

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