
Vi el horizonte, doblé la esquina en la que alguna vez esperé, sin ser esperada, y caminé en línea recta. Pasé las baldosas, los adoquines, el pavimento y las líneas amarillas y entrecortadas de la piel de una ciudad aterciopelada de color gris y de calidad barata. Las nubes de a poco se teñían de rojo, amarillo, naranjo y azul. El cielo parecía un óleo sobre tela aún fresco. Abrí la ventana y dí un respiro relajante. Era mucho por hoy. En el horizonte todavía se divisaba un espacio vacío, sin color y sin ningún rastro de vida.
Véronique
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