miércoles, 24 de marzo de 2010

Monde imaginaire


Sin pensarlo, sin premeditarlo, se perdió tras los árboles, tras las ciudades, tras el mundo.
Se dibujó y creó. Recortó una bicicleta y pintó su camino. Viajó alrededor de su mundo.
El aire tenía aroma a violetas, mezcladas con olor a hojas secas caídas en otoño y un toque de esencia de chocolate. Viajaba entre las ventanas abiertas cerca del mar y cerca del cielo. Volaba mientras el viento le rozaba las mejillas y, a veces tan fuerte que no podía evitar que de sus ojos cayeran algunas lágrimas.
Quizo descansar y tomó una nube entre sus manos y durmió un rato en ella. Era tan cómoda como su cama. Cuando despertó las flores desprendían algunos de sus pétalos para dar color al paisaje y el sol aún seguía mirando el horizonte sentado en su sillón.
Se sacó los zapatos, y corrió por el pasto que era tan suave como el algodón, dando vueltas y piruetas, el pasto le hacía cosquillas en la planta de los pies y no podía evitar las carcajadas. De pronto las ruidosas risas despertaron a los árboles más ancianos que dormían casi todo el día. Se acercó a ellos, y observó atentamente sus cortezas, eran tan duras y tan arrugadas como la piel en la cara de su abuela.
El sol se quejó y comenzó a alejarse lentamente. De repente se derramó pintura naranja sobre él y cubrió todo el cielo, comenzó el atardecer.
Poco a poco la luna comenzaba a pintar su noche, pintó las estrellas y diseñó constelaciones. También el visitante pudo adornar la inmensa tela, tomó su pincel y empezó a pintar hasta que todo quedó como una verdadera obra de arte. Las estrellas fugaces que dibujó corrían tan velozmente que al terminarlas ya no las podía volver a alcanzar. La luna se sentó en su sillón y comenzó a leer un libro y todo quedó en silencio.
Unas gotas en su cara lo despertaron a la mañana siguiente, se levantó y las flores, los árboles y el sol estaban bañándose. Rápidamente tomó su pincel y comenzó a pintar un arco iris, el que a su vez pintó los cerros, la tierra y el mar.
De pronto supo que se tenía que ir. Se pintó en la cara una sonrisa, y comenzó su viaje de regreso. Las nubes le hacían sombra y los árboles le daban aliento. Sobre su bicicleta viajó tan alto hasta la luna y tan bajo hasta el fondo mar. Era el mejor viaje que nunca había hecho, esperaba volver algún día.

Mientras él regresaba, ella volaba hacia un lugar, fuera de este planeta.(Y esperando que el papel no se destiñera ni arrugara, lo dejó sobre la mesa y comenzó a escribir.)


Véronique

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